Hace poco ha habido movida con David Broncano y Pablo Motos.

Más allá de la rivalidad ideológica de la que se impregna esta polémica, existe un componente deontológico donde se enfrentan dos formas muy diferentes de hacer televisión.

El Hormiguero es una máquina engrasada y perfeccionada desde hace casi dos décadas, barriendo en audiencia a sus rivales todas las noches. Sus invitados son estrellas de alcance mundial y sus medios técnicos probablemente no tienen parangón en la televisión española. El Hormiguero aspira al 10 cada noche y muchas de ellas lo consigue. Sin embargo, cualquier mínimo desliz técnico estropea la magia y un 9 se siente como un fracaso. Insisto, hablo sólo como programa de televisión.

Por otro lado, La Revuelta/Resistencia comenzó como un concepto de contra-programa. A la sombra de los late nights de Buenafuente, se propuso una fórmula alternativa y punki, más parecida a la de programas de finales de los 90s como Crónicas Marcianas, pero adaptada a nuevas generaciones que estaban desconectadas totalmente de la televisión. En un programa de Broncano el caos está a la orden del día y puedes encontrarte a una estrella invitada o a una señora aleatoria sacada del público. Se subvierten los protocolos televisivos, se bypasean los guiones herméticos y, por primera vez en mucho tiempo, se hace cómplice al espectador gracias a una transparencia brutal de lo que sucede en todo momento. El punto positivo es que directamente no aspiras a una nota y, en todo caso, cualquier cosa que suceda acaba sumando puntos desde abajo, porque partes sin expectativa.

Esto choca radicalmente con un público acostumbrado al consumo pasivo de productos culturales y que sólo admite calidades estéticas excepcionales. Probablemente el mismo que aplaude más fuerte los discursos de un diputado con traje y corbata, aunque la persona con jersey que tiene enfrente (o la invitada del programa) sea científica biomolecular.

Quizá yo no me dedico a la televisión, pero sí a producir eventos. Cuando hablamos de producir, nos referimos al trabajo necesario (previo, durante y después cualquier actividad) para que una idea sobre el papel se haga realidad. Implica desde la gestión de las entradas, la comunicación con asistentes, las impresiones con las gráficas del evento, la grabación audiovisual, el encargo de materiales o la reserva del espacio, entre otras muchas partidas. Podríamos discutir si la producción implica intrínsecamente todo aquello que no sea trabajo intelectual (facilitación, ideación, comisariado, estrategia) pero lo dejamos para otro día.

Durante muchos años las producciones audiovisuales destinadas a audiencias generalistas se han ejecutado de una manera determinada. Los eventos celebrados en los sectores donde me muevo (educación, impacto social, tecnología, o lo que otros llamarían “diseño”), también.

Mismamente, durante este intenso otoño tuve la oportunidad de asistir a multitud, con todos los roles posibles: coordinador, productor, facilitador y asistente. El hecho de que la polémica de Bronca y Motos haya coincidido en estas fechas, me ha hecho prestar atención a una frase que se ha usado en redes sociales para defender el bando hormigueril: “siempre se ha hecho así”.

Cuántas veces en la historia se habrá dicho esta frase. Este “siempre se ha hecho así” no sólo intenta sentenciar la voraz batalla por los datos de audiencia, sino que elimina cualquier potencial argumento ulterior.

Justifica también aspirar al crecimiento ilimitado evento tras evento sin una estructura adecuada, hasta que el equipo organizador acaba reventado por el burnout de su propia auto-explotación, porque siempre se ha hecho así.

Justifica también invertir los (a veces exiguos) presupuestos en elementos de merchandising que eventualmente decoran vertederos antes que invertir en las propias personas, porque siempre se ha hecho así.

Justifica también no compensar a becarios o voluntarios por sus infinitas horas de trabajo no retribuido, ni siquiera con buenas palabras, porque siempre se ha hecho así.

¿Cuál es el KPI entonces de un evento? ¿El dinero que generas? ¿El prestigio que consigues? ¿El volumen de asistentes impactados?

Mucho ha llovido desde los primeros eventos que yo organizaba con AIDI donde las cosas eran de una manera porque siempre había sido así (en esto caso, lo que yo había visto en mi entorno). Ahora, me siento orgulloso de notar mi propia evolución y directamente mi decisión vital es la no comprometerme con una producción más ambiciosa de lo que puedo abarcar. Fijaos qué simple locura.

Para entender a qué me refiero con “ambición”, salto a una conversación informal en la que hace poco me preguntaron qué tal me iba de autónomo (son siete años ya) y, como me gusta ser críptico, contesté: “depende de cuál sea tu KPI en la vida”; la respuesta fue “no tener nervios”. Me gustó.

Porque cuando normalmente desarrollamos un evento, siempre estamos preguntando “cómo lo han visto los asistentes” pero pocas nos preguntamos “cómo se han sentido los organizadores”.

No se trata de no ganar dinero, sino de ganarlo inteligentemente. En cualquier producción de eventos a baja escala existe la paradoja de que una inversión moderada de recursos (materiales y humanos) consigue casi el mismo efecto que una producción espectacular. Porque el impacto marginal que tiene cada fuego artificial en el recuerdo experiencial de los asistentes tiende a cero a partir de un umbral de satisfacción mínimo. Cuando alimentas más a un estómago que ya está saciado, sólo provocas indigestiones. Cuando alimentas a tu ego, también.

Para mí, un evento que sale perfecto hacia fuera pero que esparce precariedad, estrés y frustración entre bambalinas, no es perfecto. De hecho, es la antítesis de perfecto.

Una de las máximas por las que no quiero volver a pasar es hacerme trampas al solitario. Favorezcamos ambientes sanos, éticos y transparentes que generen fuerzas centrípetas y no centrífugas. Porque todo el mundo tiene un límite, y no tenemos por qué llegar a él para satisfacernos.